Por el año 250 A.C. un cristiano escribió: “El mundo entero ignora cuánto tormento encierra el placer.”
A mitad de esta semana tan llena de sucesos sobresalió un llamado público hecho por la Organización de Naciones Unidas desde su sede alterna en Ginebra, Suiza. Esta convocatoria, con énfasis particular en las naciones desarrolladas y económicamente poderosas del mundo, anuncia la necesidad de reunir unos 3,800 millones de dólares para los programas de la ONU que hacen frente a emergencias humanitarias en unos 24 países. Solo Sudan, en el Africa necesitará unos 930 millones; los paises que le seguirán también son africanos en su mayoria. A este llamado se unen 188 agencias humanitarias en el mundo, que buscan tocar puertas para recibir donaciones. En la convocatoria también se informó que este año lograron la recaudación de 3,300 millones de dólares algo que se contrapone con los más de 45 billones de dolares en que se estima el producto anual de la economía mundial.
La Escritura está llena de pasajes que resaltan la generosidad económica como principio de conducta y repudian la avaricia como tal. El Eclesiastés transmite esta vision sobre el dinero en el capítulo 7 verso 12 cuando asegura: “Puedes ponerte a la sombra de la sabiduría o a la sombra del dinero, pero, la sabiduría tiene la ventaja de dar vida a quien la posee.” El mismo Señor Jesucristo relato una parábola guardada en Lucas 12,16-21 sobre el tema, el texto dice: “Entonces les contó esta parábola: El terreno de un hombre rico le produjo una buena cosecha. Así que se puso a pensar: “¿Qué voy a hacer? No tengo dónde almacenar mi cosecha.” Por fin dijo: “Ya sé lo que voy a hacer: derribaré mis graneros y construiré otros más grandes, donde pueda almacenar todo mi grano y mis bienes. Y diré: Alma mía, ya tienes bastantes cosas buenas guardadas para muchos años. Descansa, come, bebe y goza de la vida.” Pero Dios le dijo: “¡Necio! Esta misma noche te van a reclamar la *vida. ¿Y quién se quedará con lo que has acumulado?” »Así le sucede al que acumula riquezas para sí mismo, en vez de ser rico delante de Dios.”
Esta parábola dicha por el Señor Jesús, define el estilo de vida que tienen de los pocos adinerados de hoy y que también desean los miles de millones de pobres. Esta avaricia, nacida de nuestro egoísmo natural, no solo tiene como base el testimonio de la Escritura sino las contradictorias estadísticas sobre el consumo anual del mundo entero. Y es que parece que aún, quienes somos cristianos, ponemos tantos aprietos para cambiar nuestra creciente hambre de consumo y orientar mejor nuestros recursos al Reino de Dios. Y esto del Reino de Dios no tiene nada que ver con el enriquecimiento y lujosidad de unos cuantos aprovechadores de la fe que hoy hacen un creciente negocio de la fe. ¡Cuídese de caer en estos días en las manos del consumo!, revise si necesita ese celular, televisor, vehiculo o lo que piense comprar. Estos deben ser días más que para consumir, para servir, para dar.
Esta petición millonaria de apoyo dirigido por la ONU no deja de ser real. Ya que casi el 80% de la población mundial es pobre, también es necesario reconocer la necesidad de reorientar los recursos. Por un lado no debemos consumir excesiva e indiscriminadamente, pero por otro tampoco debemos acumular ambiciosa y egoístamente. Los cristianos debemos ser modelos de entrega y dadivosidad, por lo que pensar en las necesidades de los demás será imperante para los próximos años. Esto más aún, sabiendo que estamos en paises denominados sub-desarrollados, paises que nos veremos severamente afectados económicamente más adelante.
Aunque la vida sea dura para usted, no es apropiado encerrarse en sus necesidades personales. Son casi 2 mil 800 seres humanos los que viven con menos de 2 dólares diarios. En estos días, meditemos sobre nuestro compromiso con los perdidos, hablémos de esto en la Iglesia, en la mesa del comedor. Atendamos al Señor Jesús cuando según Lucas 12,15 dijo: “¡Tengan cuidado!. Absténganse de toda avaricia; la vida de una persona no depende de la abundancia de sus bienes.”. Amén.
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