A la impunidad… ¡Se le responde!

Impunidad

 

¡Cuán desesperanzador es observar cómo se infringe la ley entre quienes deben hacerla valer!

 

Entre el lunes y el miércoles de esta semana hemos conocido un caso interesante por su naturaleza y sus resultados. Desde hace meses empleados públicos han sido tildados de infracciones a la ley durante su tiempo de servicio, tal fue el caso del oficial Rafael Ernesto Alas Gudiel, quien funge como Jefe Jurídico de la PNC. Lo llamativo de su caso es que ocupando su función fue detenido el domingo pasado por chocar un vehículo del Gobierno en una propiedad privada por causa de manejar ebrio. Ante la solicitud del mismo Director General de la PNC y el reporte de tránsito, el juzgado que conoce su caso en miras de mostrar su carácter profesional exigió una prueba científica que demostrase el estado de ebriedad, misma que el funcionario se negó a realizar el día de su detención. La ausencia de tal prueba justificó que el juzgado lo absolviera de los cargos presentados, dejándolo así en libertad.

 

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También en las Sagradas Escrituras la impunidad es una realidad, pero una que Dios mismo promete cambiar. El profeta Miquéas describe el fuerte reclamo de Dios ante funcionarios impunes cuando en el capítulo 3,1-4 dice: “Y dije: Oíd ahora, jefes de Jacob y gobernantes de la casa de Israel. ¿No corresponde a vosotros conocer la justicia? Vosotros que aborrecéis lo bueno y amáis lo malo, que coméis la carne de mi pueblo, les desolláis su piel, quebráis sus huesos, y los hacéis pedazos como para la olla, como carne dentro de la caldera. Entonces clamarán al SEÑOR, pero Él no les responderá; sino que esconderá de ellos su rostro en aquel tiempo, porque han hecho malas obras.” El desconsuelo e ira de quienes son testigos de tales injusticias también recibe las palabras del profeta Malaquías 3,14-15 cuando Dios dice: “Habéis dicho: “En vano es servir a Dios. ¿Qué provecho hay en que guardemos sus ordenanzas y en que andemos de duelo delante del SEÑOR de los ejércitos? “Por eso ahora llamamos bienaventurados a los soberbios. No sólo prosperan los que hacen el mal, sino que también ponen a prueba a Dios y escapan impunes.”” Y ante lo que Dios promete hacer a los impunes el verso 18 termina diciendo: “Entonces volveréis a distinguir entre el justo y el impío, entre el que sirve a Dios y el que no le sirve.

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Este tipo de justicia sin duda es la que todos esperaríamos ver reflejada en nuestras instituciones legales. Las últimas décadas de historia solo han sido días que nos hacen recordar cómo en nuestras tierras las violaciones de nuestras leyes por parte de funcionarios públicos, son pasadas por alto colocando así la impunidad como una de las características de nuestra realidad social. Parece que tanto quienes ocupan puestos de servicio público ya no se preocupan tanto por las consecuencias de infringir la ley, y también los ciudadanos ya no exigen un adecuado comportamiento a quienes se postulan a tales cargos. ¿Pero es lo mejor cerrar nuestra boca y ser nada más observadores de cómo la impunidad se apodera de nuestro país? Aunque para no pocos lo mejor es no hacer nada al respecto, eso a la larga parece que solo ennublará aún más el futuro de nuestros hijos. Además, ¿no es cierto que tal actitud solo traerá como resultado una desconfianza generalizada en el estado? y también ¿no llegaría a ser la justificación para que no se tema infringir la ley?.

Aunque lastimosamente los caminos de denuncia ya no son seguros, por el mismo autoritarismo y corrupción latente en el estado, no debemos resignarnos. Pero esto solo puede ser posible si se tiene la esperanza adecuada, la esperanza de un mundo mejor, distinto, transformado. Ahí es donde el testimonio del pueblo evangélico entrará en el escenario. Y es que la promoción de valores para la vida, la fiscalización y respeto a las autoridades, y la práctica de la justicia son temáticas de interés para la oración de los creyentes evangélicos.

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Esta tristeza que embarga los corazones ansiosos por una tierra pacífica y justa, casi siempre es contraproducente. Por un lado no debemos permitirnos llegar a justificar nuestras infracciones particulares a partir de la impunidad latente en nuestra sociedad. Y por otro lado, debemos responder creyendo en la oración y nuestro ejemplo como instrumentos para la justicia. A ese esfuerzo estamos llamados los cristianos. Al final no podemos olvidarnos, como el profeta Nahúm aseguró en el capítulo 1 verso 3 que “El SEÑOR es lento para la ira y grande en poder, y ciertamente el SEÑOR no dejará impune al culpable. En el torbellino y la tempestad está su camino, y las nubes son el polvo de sus pies. Amén

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