Cualquiera de nosotros tiene la capacidad de responder con violencia. Pero es hora de luchar en contra aún de aquella violencia que se crea justificada por Dios.
Esta semana fue publicado a nivel internacional un hecho sucedido el pasado 18 de marzo en el medio oriente. Aunque las letras en papel no pueden hacerlo, el tono de la noticia rebosa de tristeza. El joven cristiano Abdulrajman Saleh recibió la aplicación de la ley de su país de origen, Arabia Saudita. Ley que impone la pena de muerte a quien ofendiendo el islamismo testifica de su conversión a Jesucristo. Esta nación, que ocupa el primer puesto en producción de petróleo a nivel mundial, aplicó su justicia haciendo caso omiso de uno de los más elementales derechos humanos, o sea la libertad religiosa. Abdulrajman, jóven de 23 años y uno de los 11 hijos de una familia saudita se ha convertido en un nuevo mártir cristiano del siglo XXI.
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“Sabéis que los que son reconocidos como gobernantes de los gentiles se enseñorean de ellos, y que sus grandes ejercen autoridad sobre ellos. Pero entre vosotros no es así”, tales fueron las palabras del Señor Jesucristo según Mateo 10,42-43 al explicar la diferencia de principios entre el liderazgo político-militar y el liderazgo espiritual. Eso sí, el testimonio cristiano debe afectar el sistema político, cultural y económico de un nación. El principio general según la Biblia lo recoje el Apóstol Pablo con las palabras de 1ra Corintios 13,4 cuando dice: “El amor es paciente, es bondadoso; el amor no tiene envidia; el amor no es jactancioso, no es arrogante”. Y sobre la práctica de este amor, el mismo apóstol recordó a los creyentes de Tesalónica en la primer carta capítulo 4 verso 10 con estas palabras: “Pero os instamos, hermanos, a que abundéis en ello más y más, y a que tengáis por vuestra ambición el llevar una vida tranquila, y os ocupéis en vuestros propios asuntos y trabajéis con vuestras manos, tal como os hemos mandado; a fin de que os conduzcáis honradamente para con los de afuera, y no tengáis necesidad de nada.”
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El martirio de Abdulrajman es un hecho que recuerda la utilidad de que la religión se desvincule directamente de cuestiones de estado nacional. La historia misma de nuestros países ha sido afectada por un enfermizo celo religioso del cual nuestros estados ya están casi curados. Pero los riesgos de intentar orientar los beneficios y recursos de los gobiernos para beneficiar a ciertas expresiones religiosas aún continúan. Y este es un riesgo que como cristianos evangélicos debemos evitar buscar. Es que no es adecuado anhelar gobiernos que terminen favoreciendo plenamente el evangelio, por respeto a otras expresiones religiosas y por cuidado a nuestro engañoso corazón. Esto porque aunque hijos de Dios, la influencia de la cultura de violencia, de rencor, del aprovechamiento de los demás, en algún momento podría determinar decisiones que entorpezcan nuestra misión y testimonio en este mundo. Un mundo, que no podemos olvidar, no es nuestro verdadero hogar.
Ahora bien, la lucha contra cualquier tipo de violencia religiosa que lastima la integridad humana debe ser punto de sumo interés para quienes somos cristianos evangélicos. Históricamente fueron los primeros misioneros evangélicos quienes trajeron a nuestros países la noción de libertad religiosa, la cual es herencia de lo inicios de las postulaciones de la Reforma protestante. De ahí que tal lucha deberemos ejercerla con la práctica del amor. Ese amor que busca servir antes que servirse, y que tiene como máximo objeto los seres humanos. Esta virtud de nuestra conducta podrá afectar nuestro trabajo, nuestra familia y nuestras iglesias, de tal manera que en la crisis que estemos evitemos buscar la preferencia del poder humano y honradamente demos un testimonio que promueva la fe en Jesucristo.
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La violencia religiosa permanece en el corazón de la humanidad y sigue teniendo lugar aún en las naciones de mayor poderío económico. Pero una respuesta despectiva, egoísta o hasta ofensiva no será la manera en la que llegaremos a contrarrestarla. Debemos recordar los beneficios de que los estados no apliquen leyes de carácter religioso y por otro la urgencia por madurar nuestra práctica del amor. El apóstol Pablo recuerda en Romanos 12,17 cómo poder hacerlo al decir: “Nunca paguéis a nadie mal por mal. Respetad lo bueno delante de todos los hombres. 18 Si es posible, en cuanto de vosotros dependa, estad en paz con todos los hombres.”
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