
Pocos han pedido clarificar una idea que ha afectado a todos nuestros países y que hoy sigue dando muestras de su falsedad
Fueron 24 años, los que esta mujer a penas en un par de ocasiones vio salir la luz del sol. Desde los 18 años fue excluida de su familia y la sociedad para satisfacer los placeres egoístas de un hombre. Hoy a sus 42 años y luego de ver morir a uno de sus siete hijos la sociedad europea ha sido testigo de la salida a luz de su caso. El pasado miércoles realizaron las pruebas de ADN a cada uno de los seis hijos vivos, mismos que fueron separados en dos grupos por el mismo progenitor. Quien permitió que tres de ellos viviesen a la luz del día y los otros tres como cautivos junto con su madre. Tales pruebas confirmaron las sospechas iniciadas el pasado martes de que el austriaco Josef Fritzl con ahora 73 años separó a su hija Elizabeth maquiavélicamente para mantener un incesto que esta semana llegó a su fin. Tal suceso ha conmocionado a la cuna del desarrollo mundial.
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Para Dios, a diferencia de nuestras naciones, el genuino desarrollo está enteramente ligado con una ética basada en la obediencia a Su Palabra. Hace muchos siglos Dios, según Levítico 18,6 dijo a Israel: “Ninguno de vosotros se acercará a una parienta cercana suya para descubrir su desnudez; yo soy el SEÑOR.” Tal infracción tenía un peso legal fuerte como lo asegura Levítico 20,14 cuando dice: “Si alguno toma a una mujer y a la madre de ella, es una inmoralidad; él y ellas serán quemados para que no haya inmoralidad entre vosotros.” Para el Dios de la Biblia los placeres egoístas no tienen lugar en el corazón de sus hijos verdaderos. En el libro del Profeta Isaías capítulo 58,13 y 14 dice: “Si por causa del día de reposo apartas tu pie para no hacer lo que te plazca en mi día santo, y llamas al día de reposo delicia, al día santo del SEÑOR, honorable, y lo honras, no siguiendo tus caminos, ni buscando tu placer, ni hablando de tus propios asuntos, entonces te deleitarás en el SEÑOR, y yo te haré cabalgar sobre las alturas de la tierra, y te alimentaré con la heredad de tu padre Jacob; porque la boca del SEÑOR ha hablado.”
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Este compromiso tomado por Dios mismo para bendecir a quienes prefiriéndolo a Él aparten su pie de hacer lo que se les plazca y lo que consideran autosatisfactorio nos invita a reflexionar. Sí porque en días de grandes crisis y consumismo económico los paises del primer mundo siempre han ejercido presión sobre nuestros pueblos a partir de su notable desarrollo. Y tal término parece reducirse únicamente a cuestiones económicas, monumentos, construcciones y tecnologías. Pero sucesos como los de Elizabeth Fritzl nos recuerdan lo falseada que está la palabra “desarrollo” y cómo grandes y honorables naciones se socavan por la misma razón que lleva al caos a la humanidad entera, es decir, el corazón gobernado por el pecado. Esa noción de desarrollo que evade la obediencia a Dios y sobrepone los intereses de unos pocos a los de los demás no puede ser sostenida por quienes profesan creer en Jesucristo como Señor y Salvador.
Hay mucho trabajo por hacer. Aún faltan manos que se convensan de dejar de pelear por su propio beneficio y unificarse para buscar el camino del verdadero desarrollo. El cambio cultural y social de nuestra tierra solo iniciará cuando tengamos un genunino cambio espiritual. Para ello sigue siendo necesario que hombres y mujeres, padres e hijos, ancianos y jóvenes, se levanten para proclamar la esperanza no en las manos y esfuerzos humanos sino en las promesas de Dios. Tales promesas que recuerdan la obediencia, ésta obediencia que nos invita a la santidad, aquella santidad que no se rige por ritualismo ni religiosidad sino por la llenura del Espíritu manifestada en nuestra conducta.
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Muchos de los paises desarrollados aseguran que no necesitamos de Dios para crecer en desarrollo humano. Pero la realidad de los corazones torcidos, depravados y orgullosos de ello, solo nos recuerda lo falsa que es tal cuestión. Solo en Dios las puertas del desarrollo genuino serán abiertas, como dijo Pablo en al Carta a Tito, capítulo 3,3-5 “Porque nosotros también en otro tiempo éramos necios, desobedientes, extraviados, esclavos de deleites y placeres diversos, viviendo en malicia y envidia, aborrecibles y odiándonos unos a otros. 4 Pero cuando se manifestó la bondad de Dios nuestro Salvador, y su amor hacia la humanidad, 5 Él nos salvó, no por obras de justicia que nosotros hubiéramos hecho, sino conforme a su misericordia, por medio del lavamiento de la regeneración y la renovación por el Espíritu Santo”
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